01 agosto 2006

El conde de la resina

Nota: Este post contiene spoilers varios.

Desde hace un tiempo estoy leyendo la novela de Alejandro Dumas, El conde de Montecristo. En la estantería tengo a Los tres mosqueteros para cuando termine con este.

La edición que cariñosamente me han regalado consta de unas 1200 páginas, con letra pequeña. Me recuerda cuando leí El señor de los anillos, yo tenía 14 años y venía todo junto en un tocho considerable. Me pasé un verano dejándome los ojos.

Voy por la página 280, más o menos. No he visto la película que ha visto todo el mundo, así que no paro de llevarme una sorpresa detrás de otra. Va camino de convertirse en el mejor libro que me haya leído nunca. Con eso también doy a entender que no he leído muchos libros en mi vida.

En el fragmento que leí anoche, Edmundo (also known as Simbad el Marino) invita a un desconocido a cenar en su mansión oculta. Supongo que lo haría sólo para fardar de comodidades y lujos delante del viajero, o quizá sólo fuese un ardid por parte del autor para relatar la chabola que se ha construido el ex-convicto en una gruta. Por si alguien no se lo ha leído ni ha visto la película, sólo comentar que el protagonista es como Murdock del equipo A, es decir, fue acusado de un crimen que no cometió.

El caso es que entre los dos se trajinan para cenar un cabrito, una langosta y no se cuantas cosas más. De postre tienen frutas de medio mundo y como sobremesa el criado mudo les acerca una copa con una pasta verde, a la cual Simbad no duda en hincar una cuchara y metérsela en la boca, para posteriormente pasar un ratito con los ojos entornados y medio ido.

Ante la estupefacción del invitado, el anfitrión decide explicarle el asunto. Resulta que esa pasta verde es la ambrosía que campaba por el jardín de los dioses clásicos, néctar divino con el que se alimentaban las deidades junto a bebedizos a base de leche y miel. Simbad sigue comentando que probarlo es viajar a un mundo diferente, donde no existe el dolor y nada oprime a tu corazón, donde disfrutas de la consecución de todas tus ilusiones quiméricas. Un lugar lleno de plantas en flor, frutas maduras y mujeres siempre vírgenes, de donde nunca querrás volver.

Franz, el invitado, decide probarlo y tiene un maravilloso viaje astral donde fantasea con marmóreas estatuas de bellas mujeres y ardientes labios.

Hoy día esa sustancia está prohibida y habitualmente se trae de Marruecos, y no es verde.

3 comentarios:

toxcatl dijo...

Fijate por donde, el primer dia de mis vacaciones descubro que el conde de montecristo era un yonqui cualesquiera...
con el glamour qeu le daba vivir en una megacueva en la que se habia hecho una peazo chabola...

Yorchus dijo...

No hombre no. A los yonquis con pasta se les llama señores que saben vivir.

Además, según parece practica el consumo esporádico. Ya sabes lo que dicen, lo bueno si breve, dos veces bueno. (aunque esto tiene una excepción que todas las mujeres conocen)

toxcatl dijo...

ya, si; tendre que preguntarselo al enfermero ;-P